Coronavirus
Efectos de una pandemia: salud mental y discapacidad, el detrás de escena que nadie quiere ver


De un día para el otro, en el momento que nadie se lo esperaba, surgió. Hace dos meses nadie se imaginaba que una película de Hollywood iba hacerse presente e involucrarnos como actores principales. No es broma. El hecho de no habernos podido imaginar tal acontecimiento, más allá de pensar que una nueva gripe se iba hacer presente, provocó un impacto diferente. Como todo impacto o sorpresa (acción no esperada), repercute en nuestra vida, generando un desequilibrio, rompiendo con la homeostasis. Y la verdad es que todo desequilibrio genera ansiedad, incomodidad, malestar, entre otras tantas sensaciones y emociones de un alto negative impact. ¿Cuál es el desequilibrio?

La vida cambió de un minuto a otro. Hubo que improvisar. Cayeron demandas inesperadas a las que uno debió responder y no tenía cómo. Se quebró la rutina y los hábitos diarios. La hiperinformación se hizo presente sobre un tema que genera incertidumbre a nivel social. La economía y el trabajo preocupan. La salud física propia y de los seres queridos también. En definitiva, la vida cambió en diferentes sentidos. Cada detalle suma tensión y genera un quiebre en la estabilidad emocional.
En este sentido, permitamos imaginarnos que en nuestra cabeza llevamos un tanque de combustible que nos permite transitar a diario por diversas situaciones y realizar diferentes actividades. Todo funciona bien si el tanque se mantiene medianamente lleno y en condiciones. El problema está cuando el tanque sufre alguna desperfecto. Un mínimo agujerito ya es un inconveniente. ¿Pero para qué ser tan drásticos si con tan solo pensar que el tanque se queda sin combustible ya hay un problema? La realidad es que ambas acciones, en general, han sucedido. Por un lado el impacto sorpresivo ha generado un desperfecto y por el otro, el día a día ha demandado un gasto total de combustible. Las consecuencias ya están, están claras, aunque sea un detrás de escena. Lamentablemente esto se visibilizará -o no- dentro de muy poco tiempo (siempre que se quiera mostrar).
Las consecuencias son variadas, aterradoras para muchos. En mayor o menor medida la pelota de la ansiedad rueda para todos. Cambios de humor, apatía, desgano, tristeza, abulia, enojo, frustración, son algunos de los tantos términos (realidades) que se pueden enumerar. Las recaídas, por su parte, están vigentes para muchas personas que venían transitando por tratamientos.
Los tratamientos psicoterapéuticos y farmacológicos así como funcionan como medidas preventivas, han sido y son apoyos fundamentales para muchas personas que padecen de alguna dificultad emocional. Para estas personas el encierro y aislamiento, sumado a la incertidumbre y temor, les ha jugado una muy mala pasada. ¡Pensar que se debatió si las obras sociales y prepagas iban a cubrir o no tales tratamientos de manera virtual!
Claro que hay personas que presentan mayor predisposición a sufrir más ansiedad. Ahora bien, esa predisposición no las hace culpables de tener que pagar la ausencia de políticas sociales que dejan detrás de escena las secuelas de esta dificultad. Las personas con Depresión, por mencionar una dificultad existente que un alto porcentaje de personas padece, corren mucho riesgo de presentar grandes recaídas. Y estas pueden ser drásticas.
Las consecuencias son muchas y de distinto orden social. Nos encontramos también con las personas con discapacidad. Tristemente el contexto de aislamiento ha perjudicado a muchos su calidad de vida. Por ejemplo, para muchos niños, resulta un gran desafío poder sobrellevar esta situación, por la sencilla razón de que no comprenden qué ocurre y por qué. De un día para el otro a Germán, niño de 5 años con condición de espectro autista, se le cortó la rutina y se encontró en casa sin ir a la escuela. A Matías de 8 años le sucede algo similar y descarga la ansiedad con fuertes berrinches. Tal como le sucede a Germán y Matías, le ocurre a muchísimos otros chicos, jóvenes y adultos con discapacidad. Y va más allá de la comprensión acabada acerca de una situación de esta índole, que sin duda cuesta entender. Es difícil para ellos, y para muchas otras tantas personas que se encuentran fuera de la denominada población con discapacidad, procesar tanta incertidumbre. La persona con discapacidad no es culpable de tramitar la ansiedad como puede, tal como hizo Matías a través del berrinche. No debe cargar con ese castigo.
No quiere decir que todas las personas con discapacidad presentan esta dificultad. Sin embargo esta inmensa población presenta algún tipo de adversidad que les toca sortear en esta circunstancia. Para ellos las políticas sociales también les juega una mala pasada y son un detrás de escena. En un contexto tan difícil se sigue debatiendo acerca de las prestaciones, si ameritan o no brindarse, si vale o no la pena abonar a los profesionales.
Lamentablemente se tiende a mirar un punto sin tener en cuenta el mundo. Se procura vivir el presente sin pensar en las consecuencias. Mirar un punto sin tener en cuenta el mundo puede acarrear graves consecuencias para muchos. La salud mental y la discapacidad como problema social tienen un impacto global que merece atenderse. ¿Qué futuro nos espera sino se atiende a la salud mental?
Es absurdo en esta situación plantearse si se debe brindar acompañamiento psicoterapéutico virtual o bien, dar continuidad a las prestaciones de apoyo. Es cuando más se requiere. Es verdad que para muchos no es lo mismo, pero ese «no es lo mismo» no implica, en sí mismo, que no sea necesario. Para Germán, por ejemplo, es sumamente importante ver a Romina por videollamada. Él la veía en el consultorio todas las semanas. Es verdad, ya no la ve allí, pero continúa teniendo su sesión semanal. A Matías lo ayuda mucho que sus papás reciban orientación a padres. Gracias a que sus papás tienen contacto con Martín, su Psicólogo, Mati ha logrado disminuir las conductas disruptivas y poder expresar sus temores.
Dentro de las paupérrimas discusiones se ha puesto el acento acerca de “si vale la pena o no que el niño siga teniendo la misma cantidad de sesiones que tenía antes de la cuarentena”. Es absurdo. La realidad es que poco interesa la cantidad de sesiones, el encuadre, el horario y tiempo en esta circunstancia, pues los padres y el niño se contactan cuando requieren, más allá si es el día y horario de sesión. ¿Acaso si el pibe no se encuentra bien, los padres dicen “esperemos que llegue el momento de sesión”? Es una situación muy especial como para andar jodiendo si antes tenía dos sesiones ahora debe tener una, siendo que es mayor la demanda.
Lo mismo pasa en el terreno de la Salud Mental. Es una situación que angustia, genera malestar, incertidumbre y eso hace que el encuadre no se respete. No está mal, lo que está mal es que no se diga, no se muestre. Es verdad, las sesiones no son las mismas, cambiaron. Sin embargo ayudan, aportan, previenen. Es necesario y urgente poder visibilizar esta realidad que atañe a todos, la Salud Mental y la Discapacidad son parte de este mundo, ya que de lo contrario se sufrirán grandes recaídas y se sumaran otras.

Por Hernán Topia*

(*) Hernán Topia es licenciado en Psicología. Profesor de nivel Medio, Superior y Universitario en Psicología. En la actualidad se desempeña como psicólogo clínico, gestor y asesor en la temática de la discapacidad.
E-mail de contacto: lic.hernantopia@hotmail.com
Fuente: El Cisne

 

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